Te busco y te pierdo en la galería del museo entre lienzos secos y esculturas de nivel subjetivo. Mejor dicho y para ser extremadamente exacto nos veremos en el balcón (oscuro, por la noche, nos encontraremos, donde sabes, un beso y amor) que nos permite observar envidiosos la facultad de derecho situado en la poluta avenida Figueroa Alcorta. Luego se disuelve, apenas en el fin, el azúcar morena en un mordisco con cenizas de relámpago. Otro maldito intento. Una nueva mañana. Hoy y después los gestos se pierden entre la arquitectura sin discusión por clásica. No incluyo tu sonrisa que se mantiene como mi única verdad. Impenetrable. Hiciste un aspaviento (espamento en la vulgaridad que hoy nos rodea como roedores sucios) tan violento y parecido a una falsa reflexión. Nos sumergimos en un presagio que se vuelve una inevitable ilustración de una remera mal estampada. Y la caricia minuciosa de tu mano me sofoca al mismo tiempo que me seduce. Pensaba mucho si valía la pena decirlo o no. De todas maneras tú eres el que tiene que juzgar. Hacer coincidir a dos es un problema. Me dio un poco de lástima esto último que tuve que decir. Me iba a poner a llorar, me surgieron ganas incluso, pero primero hay que afeitarse y ser decente. El cuarto quedará otra vez libre y limpio (manera de decir). Sin éxito alguno me callo y muero de entusiasmo. Ahora, liviano, natural y mediocre. Quizás puro de memoria y ligeramente alérgico. Las sombras que fuimos se tropiezan pero igual ríen con dulce atrocidad. Seremos similares a las cucharitas de metal que desdibujan destellos de una porcelana barata y de épica solemnidad. Recuerdo y me maldigo al instante de la acción cruel. Recuerdo y entiendo que la gente de mi edad no me entiende. Mi destino último y gran recompensa (equivalente) sería llegar a la meta y encontrar lo que siempre busque. Lo que no conozco (puede no existir jamás). Con desenfado de rey lo digo. Tiembla la mano irónica y se aproxima a un eje descarriado que no se podrá ver. Igual lo coherente y armonioso no sucede. Profundamente me convenzo de ello y para ellos. Comienza la clausura de un ciclo que arrancó y no terminará. Mi proceso mental me cansa y la reacción es su sentido de segunda parte que no vale la pena porque ya existió. No sigo las instrucciones cariñosas de los estandartes caídos de la facilidad del modelo técnico que es simplemente una continuación. No hay que tomar el impulso sino cortar y arrancar otra cosa. Señor lector esto aquí termina y usted debe empezar a…
jueves, 1 de noviembre de 2012
martes, 30 de octubre de 2012
Furtivos
Insesiblemente piensas
la noche profunda aprieta
con la locura de un adios
y esa despedida atróz que quema
Mañana bajo el difunto sol
apararece la temprana melancolía
y rigurosa será la vida
si el silencio se hace melodía
Empecinado en bendiciones pasajeras
no existe un cielo sin pena
los amantes furtivos se besan
cuando la imagen es la única idealunes, 29 de octubre de 2012
El río manso
Estaba llegando a ese instante en
que quiero olvidar y todo se vuelve en contra y uno recuerda minuciosamente
todo, absolutamente todo, hasta lo que uno nunca vivió.
El viento, la piel fría, la
sombra inmóvil, el placer de la costumbre, el marchitar del crisantemo, el río
manso, el sueño postergado, la vigilia de una espera fructífera, la desolación
de un momento, la esperanza fugaz, el rencor hecho carne, la lluvia bailando en
el espejo, el mate amargo, las consecuencias, el sujeto y el predicado, el temporal,
la espuma de la costa, la novela que espera el roce, el placer casi perverso de
despejarse, el atardecer bajo los viejos robles, los posibles errores
proscritos, el puñal, el dedo que late en su corte profundo, la tristeza de
toda la vida, la caricia sutil en la mejilla, las uñas perfectas de una madre,
la casa en silencio, el dinero perdido, lo que nunca se entenderá, el museo
vacío, las distancias que dan claridad, la palabra arriesgada como la realidad,
los héroes derrotados, el silencio que grita bien fuerte, todos los invitados,
otro cuerpo que era indispensable destruir, los instituciones desnudas, la
tempestad, el merecimiento implícito, la simultaneidad azarosa, tu mano, los
ojos bien abiertos, el labio partido, la fragilidad mutua, la cara pálida, el
eco, un amor y el momento exacto.
Empezaba a anochecer.
jueves, 25 de octubre de 2012
El viejo
Abrió lentamente sus ojos y posó su vista, desentendido, en el cielo raso descascarado por la humedad. El último sol había tendido un sueño profundo en todos los habitantes. Todos quisieron evitar el encuentro, algunos no lo lograron; las cenizas se suspendían en el aire pálido. Llegó. El viejo estaba cansado, un día después encendió un cigarro a escondidas y recordó la última mirada de su padre y el choque violento.
Sus pensamientos dulces y atormentados. Aunque no lo quisieran se merecía en el final (omitiendo errores menores) amor. No lo supo, pero la crueldad siguió luego. A pesar del aire bullicioso, el alma del viejo observaba preocupado al jardinero que golpeaba sus manos hasta el cansancio, intentando destruir la rigidez de la tierra y lograr plantar unas pequeñas semillas de amapola o un cadáver anciano.
En el último viaje, en cambio, el viejo apareció con un hombre desconocido en el pueblo. No hablaba ningún idioma y su mirada asustada recorría lentamente el lugar. Desde ese entonces, cuando el viejo salía por unos tragos o recorría a pie los prados rodeado de animales silvestres y se le preguntaba por el hombre desconocido el con un sutil desgarro al hablar (el color de su voz se apagaba) expresaba que era "el Silencio".
Era una verdad indiscutible y así en esa pronunciación escueta se lo describía de la forma más perfecta. Era un tipo flaco, alto y oscuro. Tenía la mandíbula como punta de flecha, así de lisa, filosa, incierta y hosca. Sus dedos eran alambres. En las noches profundas su cara se asemejaba a un lobo salvaje de los países nórdicos.
La casa se inundaba. Se iban varios, cada tanto o cada tan poco a veces. Al principio (entre apuros) aquel rumor podía parecer entretenido, pero de forma subterránea había algo distinto, algo fuerte como una tristeza tal vez. Comenzaba despacio hasta apoderarse del viejo por entero. La desconfianza se afianzaba más rápido que lo habitual. Era capaz de pasarse horas así, mirando a la nada y pensando en todo. Al fin del día quedaba tumbado sobre el piso, empapado de sudor, y se dormía allí mismo. El hombre desconocido se acercaba sigilosamente, apoyaba el revolver en el suelo de forma tal que no implicara ruido sobre la madera y le echaba encima una manta descolorida y lo observaba hasta que también se hacía en él carne el sueño.
No duró mucho esa vida porque con el viejo no había cosa que durase demasiado, lamentablemente. Los instantes de sucumbir fueron siendo menos esporádicos. Por un momento parecía que había sido solo un mal tiempo, pero no. La última semana fue todo un dolor. El hombre desconocido nunca existió. Antes era un tiempo de nitidez y ahora el reloj corre a toda marcha. Nunca estuvo ni nunca estará. El viejo esperaba ver las nubes en el jardín del asilo. De más está decir que lo recuerdo como si fuera hoy. Creo que hoy vienen visitas. El perro vio una mosca verde e intentó morderla. El viejo con esfuerzo lo sujeto del collar y le acaricio la cabeza. Lo tranquilizaba y se tranquilizó.
Sus pensamientos dulces y atormentados. Aunque no lo quisieran se merecía en el final (omitiendo errores menores) amor. No lo supo, pero la crueldad siguió luego. A pesar del aire bullicioso, el alma del viejo observaba preocupado al jardinero que golpeaba sus manos hasta el cansancio, intentando destruir la rigidez de la tierra y lograr plantar unas pequeñas semillas de amapola o un cadáver anciano.
En el último viaje, en cambio, el viejo apareció con un hombre desconocido en el pueblo. No hablaba ningún idioma y su mirada asustada recorría lentamente el lugar. Desde ese entonces, cuando el viejo salía por unos tragos o recorría a pie los prados rodeado de animales silvestres y se le preguntaba por el hombre desconocido el con un sutil desgarro al hablar (el color de su voz se apagaba) expresaba que era "el Silencio".
Era una verdad indiscutible y así en esa pronunciación escueta se lo describía de la forma más perfecta. Era un tipo flaco, alto y oscuro. Tenía la mandíbula como punta de flecha, así de lisa, filosa, incierta y hosca. Sus dedos eran alambres. En las noches profundas su cara se asemejaba a un lobo salvaje de los países nórdicos.
La casa se inundaba. Se iban varios, cada tanto o cada tan poco a veces. Al principio (entre apuros) aquel rumor podía parecer entretenido, pero de forma subterránea había algo distinto, algo fuerte como una tristeza tal vez. Comenzaba despacio hasta apoderarse del viejo por entero. La desconfianza se afianzaba más rápido que lo habitual. Era capaz de pasarse horas así, mirando a la nada y pensando en todo. Al fin del día quedaba tumbado sobre el piso, empapado de sudor, y se dormía allí mismo. El hombre desconocido se acercaba sigilosamente, apoyaba el revolver en el suelo de forma tal que no implicara ruido sobre la madera y le echaba encima una manta descolorida y lo observaba hasta que también se hacía en él carne el sueño.
No duró mucho esa vida porque con el viejo no había cosa que durase demasiado, lamentablemente. Los instantes de sucumbir fueron siendo menos esporádicos. Por un momento parecía que había sido solo un mal tiempo, pero no. La última semana fue todo un dolor. El hombre desconocido nunca existió. Antes era un tiempo de nitidez y ahora el reloj corre a toda marcha. Nunca estuvo ni nunca estará. El viejo esperaba ver las nubes en el jardín del asilo. De más está decir que lo recuerdo como si fuera hoy. Creo que hoy vienen visitas. El perro vio una mosca verde e intentó morderla. El viejo con esfuerzo lo sujeto del collar y le acaricio la cabeza. Lo tranquilizaba y se tranquilizó.
martes, 23 de octubre de 2012
jueves, 18 de octubre de 2012
No tuvimos otoño
Despertar invadido
por el olor a pan tostado. La manteca que pierde su rigidez de heladera e
ingresa a la miga caliente. Levantarse del colchón del piso con la ropa
arrugada. Vos cayendo desde las alturas de tu cama con esa cara de
perro mojado y esa boca siempre amenazante. Las cosquillas brotarían por
doquier. Él y yo conteníamos las risas. Cada tanto uno se vencía
(dejándose amar) y brillaba una sonrisa
que iluminaba la habitación del campo. Nos damos un beso polar o en su
defecto de pez globo. Habría que vivirlo ya que no existe la cura. La
carne era fresca. Sus mates éxtasis. El frío y el calor. La paciencia.
El té con miel cuando aún seguíamos dormidos o con dolor de garganta. Un almuerzo. El campo
florido. Saber que sos mi única verdad. Sabes que sos mi única verdad. Y mentíamos pero simplemente por
temor al amor. Paradoja imperdonable. Escuchábamos el agua. El
interior presente. Green lover al dejar fluir al amigo fiel. Un baño
abandonado. Una cocina abandonada. Un abandono. Allí se engendran
futuros sapitos (entre algas y moho). Acá Liniers. Yo de Belgrano. Él de
una linda localidad. Sufro tu ausencia. Recuerdo colores de morón.
Maquinándome como si fuera tan divertido. Hielo, agua, botella. Te traje
una sorpresa. Un corazoncito y el universo. Sobre la oreja de ratón
descansa un bicho bolita. Alto ahí: te estoy viendo por la mirilla del
olvido. Patas para arriba y patas para abajo. Ser traslucido. Ser
misterioso. Y si se avivara (repetir hasta el infinito y el cansancio).
Felicitaciones: un moderno quilombo. ¿Y usted que piensa? Como si me
entendiera. Ahora somos extraños. Hablemos, cara a cara. Solo vos y yo.
viernes, 12 de octubre de 2012
La pareja idílica en caía libre
Eventualmente, quizás la determinación venga más adelante. Si se consigue uno se sentirá reconfortado y listo para creerse listo. Ahora es momento de sentarse a disfrutar lo que disfruta el cuerpo: el sexo alocado y sin escrúpulos.
Alice manipula, bajo la arena ardiente, a su ingenuo novio Luc para que cometa el crimen a sangre fría, como prueba de su amor. A él le apasiona de manera extraña la realidad y la ficción. Juego perspicaz. Pictórico. Las esencias, los aceites y las pinceladas aparecen vivas y esporádicas por todos los lados imperceptibles. El cálido antaño y el presente álgido, con todos sus desfiguraciones y placeres; ambos tienen matices, tienen la paleta del pintor que cuenta y que sangra. Se siente abrumado, lleno de errores y , sin embargo, Luc parece estar
hecho a la medida de sus sentidos, de esa mirada audaz para seguir el
sutil hilo de las observaciones agudas. Incluso, en ocasiones, semeja un
voyeurismo errante. Desea levantarse y perder su historia y su
realidad. Solo dos personas enfrentadas a sus propias contradicciones,
virtudes y miserias
Depende solo de uno el dejar de sufrir, pensó. Se agradece algo de sinceridad y realismo de vez en cuando, sufrió. La pareja idílica en caída libre que respira sin verdad, soñó. A sus vidas, vivió.
Depende solo de uno el dejar de sufrir, pensó. Se agradece algo de sinceridad y realismo de vez en cuando, sufrió. La pareja idílica en caída libre que respira sin verdad, soñó. A sus vidas, vivió.
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