domingo, 17 de junio de 2007

La pasión de Lurdes.

Mudando su esperanza vivió toda su vida. Todo parecía estar en su contra: el cáncer, las drogas, la depresión y la vida de mierda que acarreaba la habían matado antes de morir. Lejos de sus tempranos años había quedado el deseo de ser alguien en la vida no solo una nena linda. Tenía dieciocho años cuando le decretaron el cáncer en su joven útero que no era virgen. Las drogas la llevaron a un túnel sin final, prefería morir antes que la matara la enfermedad, pero no lo hacía consciente.
Vivía de forma desordenada para escaparle a la depresión que generaba su soledad. Su alma nómade la llevaban de la casa de sus abuelos en Lomas, a la casa de su papá en Ballester, a la casa que había alquilado con una amiga en San Telmo, quien luego la abandonó. Estos eran los lugares en donde se la podía ver. La casa de su madre ya no contaba, estaba enterrada en la Chacarita y no merecía que llamen casa a su tumba. Sus hermanos eran tres, y sus respectivas familias se murieron cuando se murió la madre de los cuatro hijos.
Cocaína, marihuana, cóctel de pastillas antidepresivas y algunas copas de sustancias etílicas, para escaparle a todo. Su vida viajaba de las sombras al infierno, del infierno al purgatorio y del purgatorio a las sombras del infierno ya que su alma no era considerada justa. Las malas compañías no destrozaron su vida, ella sola se encargó con increíble fortaleza. La quimioterapia la había dejado con la cabeza desnuda, la cara hinchada y la piel con algunas manchas perdidas. Las pocas amistades iban desapareciendo junto con su vida. Los conocidos le daban la espalda y no para que se apoyara en ellas. Su padre seguía muy ocupado en su taller mecánico, no tenía tiempo para nada ni nadie, solo los domingos iba a tirar un ramillete de jazmines de estación, o margaritas en el invierno, en la tumba de su mujer. Los enemigos le tuvieron piedad y ya no lucharon en su contra, la ignoraban por lástima. Sus hermanos parecían estar en otro mundo, ni siquiera una llamada, una carta o un rezo. En fin todos bien, gracias, menos ella.
Los días se le hacían cada vez más pesados. Su frágil estado lo hacía todo mas pesado. Lento pero constante fue perdiendo capacidades motrices, ya ni sola se podía bañar. Una noche con el cielo rosado precipitó lo que todos esquivan, el comienzo de la muerte. Se desveló sin recordar lo que soñaba. Tan malo era su estado que ni siquiera soñaba. Su putrefacción interna era ya inimaginable. Las sábanas color carne eran lo más vivo que tenía cerca. Y tan vivas estaban que les brotaban sangre, como si las hubieran apuñalado. Sentía un calor interno demasiado fuerte, era fiebre. Señal de que algo malo sucedería. Tomo el teléfono que tenía en su mesa de luz. Casi desvanecida llamó a la enfermera que le curaba las heridas y la bañaba.
Acudió lo más rápido posible, la enfermera empezó a desesperar, la llave parecía no querer girar. Luego de la mínima lucha logro entrar. El cuadro no era alentador. La joven Lurdes estaba en su lecho tiritando, los ojos con un fondo gris y su boca entreabierta se mostraba seca y pálida. Su camisón estaba impregnado de sangre amarronada y de un intenso olor a agonía. Miriam, la enfermera, entro en estado de shock. No podía creer lo que veía, olía, sentía, pensaba y presentía. Lurdes con una voz apagada, le dió las gracias por acudir tan rápido en horas tan tardes. Le pedía perdón a la enfermera que no estaba escuchando lo que le decía. Tomó el teléfono que tenía manchas de sangre de su paciente y llamó a la emergencia más cercana. Pasaron diez minutos que fueron eternos: demasiado.
Golpearon la puerta y Miriam derrapó por atolondrara. Se presentó un gordo con pronunciadas ojeras y poca voluntad para actuar rápido. Miriam lo tomó de la muñeca izquierda y le apuro el paso hasta la puerta de la habitación. El gordo dormido, se transformó en un hombre despierto y mas ágil de lo que aparentaba, así son todos los médicos. Se abalanzó a los huesos que formaban ese pobre cuerpo de mujer y comenzó a revisarla. Luego de un par de minutos, giró su cabeza y pronunció la primera palabra. Corra, corra hasta la puerta, llame a Luis, el chofer de la ambulancia, y dígale que esta paciente debe ser internada de urgencia, sino morirá.
Lurdes no estaba inconsciente, rompió en débil llanto. Susurraba que no tenía más fuerzas para luchar contra nada. El médico, que ahora ya más querido por todos, le acarició su cabeza rasurada y solo le dijo: tranquila, vos podés, todos podemos. La camilla ya estaba preparada en la puerta de la habitación. Lurdes, tan liviana, fue alzada por el médico gordo y llevada al hospital que quedaba a quince minutos de su casa. Quimioterapia, transfusiones, visitas médicas, terapias de enfermos y chequeos hacían que para Lurdes fuera su segundo hogar. Pasaba más tiempo allí que en su propia casa, pero su casa era más de su agrado.
La terapia intensiva la acogió luego del viaje. Fue sufrido porque a pesar de su estado sintió el rigor de la velocidad que alcanzó la ambulancia. De inmediato fue pasada de la camilla a la cama de colchón duro y ruidoso de la habitación del hospital. Millones de cables la acompañaban además del ruido seco y oscilante del pi, pi, pi. Por supuesto que Lurdes estaba tranquila si lo seguía escuchando, eso era vida. El suero no era difícil de colocar, su vena ya había acostumbrado a la aguja y le indicaba fácil el camino.
El fibroma sangrante que hacía bastante que estaba alojado en su útero seguía escupiendo sangre. La pérdida era insostenible. Las transfusiones no daban abasto. Parecía que la sangre que entraba regalada por las cánulas se escurría velozmente sin pedir permiso. El pronóstico no era desalentador. El pronóstico era terminal. Lurdes lentamente iba perdiendo la lucidez, la fuerza, la calma, la vida. Su alma estaba más sola que nunca, nadie la podía ayudar en la pulseada que jugaban la vida y la muerte. Un silencio seco con tempestad cayó en la habitación.
El entierro fue dos días después, por suerte Lurdes murió con una sonrisa entre los dientes. La familia entera se volvió a juntar. Pero solo fue una pantomima por una nueva muerte. Lurdes ingenua lo creyó. No pasó por el infierno ni por el purgatorio. Su viaje fue directo a la nube con forma de corazón del cielo parcialmente nublado. El mundo parecía que se había complotado contra su persona. Ella había complotado por la unificación.

4 comentarios:

Christ dijo...

Me gustan las historias con finales felices

Thiago dijo...

Me quedo ahora con la duda si es final o comienzo. Dará para debate... O charla, respecto a tu comment, te sumé.

Fallen_Angel dijo...

Es triste esto, triste. Tiene algo que me gusta, será que lo escribio el autor. Es lindo, triste, pero lindo. Y al final hay como una mirada de niño que tiene mucho que ver con quien escribe. Saludos.

ezequiel dijo...

Muy fuerte lo que escribiste.. y ademas con muchos detalles, es como que a medida de que leeia podia ver todo.. no se, me dejaste pensando.. raro



skiel_89