lunes, 8 de febrero de 2010

Florecer junto al jacaranda (contemporáneo dilema)

El calor era agobiante, los pájaros no cantaban el canto acostumbrado y el sol daba duro y parejo. Todo estaba cubierto por una siesta impostergable y lejana que con el calor se volvía pegajosa. La velocidad era prácticamente nula, los cuerpos presentaban síntomas de deshidratación.
Estabas parada con esfuerzo de pies hinchados. Debajo de ese jacaranda que daba con su extenso follaje una sombra reparadora, allí en el centro de la plaza. Acompañada por el viento sutil, irreal. Tímido o cansado el jacaranda, comenzaba con esa costumbre de florecer en un violeta delicado. Lila.
Se te llenaban los ojos de lágrimas junto a esa dulce brisa del Este y el recuerdo del niño de gorro rojo que reía en la hamaca por la mañana. Esa risa de la infancia, esa noble y ingenua visión de la vida. Eso siempre se extraña, no sos la única. Ahora creías que el mundo estaba contento.
Te quitaste las sandalias con mucho uso de color marfil. Tus únicas sandalias, rehusabas de las hojotas de bajo costo e indudable calidad. Bajaste al mundo. El pasto estaba frío como tu alma. Tal vez es exagerado porque realmente no estaba fresco. Quizás tu mente te lo hacía creer. O era realmente más fresco que el pavimento, que a lo lejos demostraba como se desprendía, en forma de vapor, el calor desde sus entrañas. Pero era un obviedad.
Te gustaba el secar de ese charco que agonizaba desde la lluvia de la noche anterior. Esa en la que no lograste protegerte con el plástico que te regaló una vecina. Tus venas estaban más tranquilas. Mientras vos pensabas en ese pedazo tuyo de conciencia que recordaba el diluvio pasado. Te molestaba saber que ni cosquillas te hacía ya la lluvia intensa.
Intentaba remontar vuelo tu mente pero era imposible, seguía atrapada en una burbuja atemporal. Tu aspecto acompañaba brutalmente ese sentimiento, el paso del tiempo te quito la calma. Seguías imaginando ese amor inmaduro que se te escapó en los días verdes.
Ahora medio día. Calor de un sol perpendicular. La gente iba y venía. Te miraban. Te sentías espiada. Te ofrecían limosnas. Te maltrataban mentalmente. Te reías de ellos. Te daba miedo saber que dabas miedo. Te despreocupabas. Te presionaba la vergüenza de un futuro que no renovaría jamás tu bienestar. Te sabías perdida y olvidada. Bebías tu angustia ligth. Tu corazón menos rojo que antes, perdía fuerzas, estaba vacío. Tu cabeza se nublaba por pensar lo perdido. Recordar lo indescifrable. No sabías que decir. No sabías que decir para calmarte. Te desnudaste a la vera del sol. Lentamente. Con temor. No se confundan, no corrían pensamientos lascivos en la turbulenta marea de fondo gris. Se movía como principiante en el sexo. Con estrías que no podías esconder. El cielo esperaba expectante. No desesperabas. Te hundiste en la ciénaga que da a la ventana de los vecinos. Alguien dijo que te habías ido a buscar la melancolía por donde estaba la luna. Error. Habías muerto, pero vos no podías contemplar eso. No estabas en tu sano juicio. Quedaste en las ruinas. Suave, tu dolor, se volvía un color enfermo que no modificaba absolutamente nada. Sabiamente. No podías procesar tus deseos de dolor. Había mucha esperanza por perder. Venía, a lo lejos. Era tu fantasma. A veces tenías ese temor. Aunque siempre había vida, incluso naciendo. Tu cabeza con el pelo sucio y pajoso (no te bañabas) se encendía quemándote en un permanente olvido. El que te daba algo así como tranquilidad. El barro te empezaba a ahogar. La basura ya era un refugio pasado. El néctar te aliviaba, sentías el amor de las abejas succionando parte de tu ser. Confusión, vagabunda, mujer abandonada, forma misteriosa. No se sabe de que se trata. Tu energía se pierde, como condición humana, por explicar que el fin finalizará cuando la herida cicatrice por un sentido de superación. Silenciosa soledad cuando estaba rodeada de gente poco noble y pájaros que ahora cantan y comen migas de pan duro. Te atrapa la tierra para protegerte. Te besa para no morir. Te sueña para no olvidar. Contemporáneo dilema. Y sin embargo, con tus disonancias seguías romántica. Empezabas a pensar tu mundo después de la guerra. En un sentido u otro sufrías tus formas desorganizadas. Que serán de las cosas que viven en tu corazón, ahora envuelto en un tronco y con raíces profundas (enroscadas, como tu sentir). Lloraste porque envejecías. Temblaban por dejos de tristeza las ramas altas acompañada del viento nocturno. Tu cara, que desapareció en tu nuevo cuerpo, seguía sola. La tierra ahora, con el pasar de los días te abrazaba con amistad. Rogabas que vuelva a llover. Fuertemente, como ocurre en los veranos porteños. Una gran estrella nacía, ladeando a la luna rodeada de brillantina. Ahora, florecer junto a tu Jacaranda. Eran uno mismo, la mujer loca, la vagabunda, la pobre señora, la triste dama, ella y quien sabe. Escaparle a todo, eras el jacaranda más lindo de la plaza. Eras un árbol con experiencia. Bella decidiste florecer para tu eternidad. Te recuerdo, frágil y soñadora. Cuando veo florecer un jacaranda, tu sonrisa se ilumina en mi mente. Adiós.





1 comentario:

Alicia dijo...

Mientras lloro simplemente por envejecer, me pido otra copa. "Una angustia, por favor, pero light".

Hermoso, como ya me acostumbre a tus textos.