miércoles, 19 de diciembre de 2007

Los Saguir.



De fondo se escuchaba al tocadiscos que lloraba con Roberto Goyeneche cantando Cafetín de Buenos Aires. Los violines un poco resfriados suspiraban sintiendo el fraseo y el temblor de su piel. Aldo Saguir estaba congelado ya que se remitía a su ñata contra el vidrio que murmuraba el “Polaco” y los años de purretes.
En el silencio a veces atroz y a veces imposible en otros lugares, era solo quebrado por la música. Aldo disfrutaba enormemente romper ese código que tenía con su hermana Nadia, Nadia Saguir. Mientras su hermana que era menor que él, iba a comprar al mercado alimentos, él corría a la sala de estar y quebraba el silencio seco. Cuando quería buscar respuestas o empaparse de confesiones ajenas (no le gustaba charlar) oía tangos. Cuando solo quería llenar agujeros de aburrimiento ponía algo de jazz y hacía que tocaba la trompeta o bailaba solo, su preferido era Chet Baker. Y si debía compartir el silencio musical con su hermana no se movía de Chopin o Bramhs. Lo clásico nunca falla. Además ya nadie puede discutirlos.
Nadia prefería hacer otras tareas antes que imponerse a poner música. No tenía unos oídos como para hacerlo. Amaba la botánica. Y podía pasar horas haciendo arreglos para la mesa del living. Le gustaba limpiarle todas las hojas a las plantas del jardín de invierno. Y se sentaba cómodamente en el balconcito de su cuarto en días soleados y si era con una mínima brisa mejor, a contemplar su vieja aloe vera y contarle lo que le había sucedido en el día, pero sin verbalismo. En cambio si el día no acompañaba estrictamente con el sol o una brisa sin lluvias, se calzaba las botas de hule amarillas, la de los nenes de jardín y recorría el pasto del fondo de la casa con alguna flor y inspiraba gravemente para tragar el aroma que despiden la tierra mojada.
Los Saguir se querían tanto, quizás producto de ese lazo fraternal invisible que tiene la sangre, o simplemente por callar el mismo idioma.
Aldo era robusto, de manos enormes y boca pequeña. Era de esperar, solo la utilizaba nada más que para comer o beber. Y claro, lavarse los dientes antes de dormir. Era muy pulcro o eso aparentaba. Adoraba comer arvejas, eran su pasión, además de ser sencillo de comer con su diminuta apertura. Tenía un carácter muy fuerte, se enojaba fácilmente y por motivos demasiados graciosos. Poseía de esas miradas que gritan por si solas, bastaba con que fijara sus ojos unos segundos en su hermana para que entendiera lo que le molestaba.
Nadia era tan delgada que la lluvia no la mojaba. La muchacha de ojos grises era tan silenciosa, que a veces Aldo la dejaba encerrada en la casa porque no se acordaba que su hermana estaba leyendo sus fotonovelas. Soñaba asiduamente con aparecer alguna vez impresa allí. Pero no. Nadia estaba buscando su rumbo en la vida. Se frustraba, se enojaba, se anulaba, se agobiaba pensando que desde que había nacido estaba condenada a no ser nadie. Nadia no era nadie por una letra.
Aldo a pesar de ser mayor no era una joyita. No trabajaba. Esquivaba a toda costa los horarios obligados y responsabilidades cargosas, y siempre que podía se hacía el tonto cuando le ofrecían un trabajo. Claro, no era tan difícil, solo tenía que callar, nada nuevo. Ojalá le hubieran vendido en las ferias americanas la G así Aldo era algo.
Ir de visitas a su casa… era tan bello pasar un rato allí, el otro día fui a saludarlos con masas secas. Si hubieran podido escuchar como se oyen los sonidos. Parecían realmente vivos entre esas paredes. Mi vozarrón retumbaba por todos lados de las paredes empapeladas, de los vidrios empañados, de la formica de la alacena, de las puertas cerradas y hasta la alfombra devolvía un eco apagado de mi voz, pero eco al fin. En un momento Aldo se levantó del sillón que mantenía su forma y puso un disco de Chet Baker. Era como si se escuchara detrás de su orquesta y la trompeta que empuñaba una retención de fácil un litro de aire, el cambio de hojas en la partitura del pianista y un hombre, un señor mayor enroscado en la tercera fila del teatro, casi como si fuera una canica y su estornudo miedoso de sol entre dos corcheas. Sublime.
Pero un día todo cambio. Nadia hacia dos días que no salía de su habitación. Sus plantas deshidratadas. Ya no tenía fotonovelas para leer y no le gustaba reiterar la lectura. Aldo se impacientó. Fue hasta la puerta cancel de la habitación y golpeó pausadamente para no reconocer su preocupación. Nada sucedía. Era la primera vez que a Aldo el silencio lo aturdía. Seguía golpeando, cada vez con más angustia.
Le sangraba el dedo horrorosamente. La sangre que chorreaba de su mano desnuda mostraba el dibujo de los lagos, ríos, mares y algún océano oculto que formaban sus huellas de la palma. Se terminó desvaneciendo. La hormiga león viendo como con una cuchara rompía su hormiguero emprendió un certero ataque que logro esa cruenta herida. Recobró fuerzas y así tibiamente lo que había pasado. “La puta que la creo”, se dijo en tono odioso, en silencio. La frase soez retumbaba en su cerebro y no se esparcía en el aire infectado de moscas. Juntó como pudo todas las herramientas para arreglar el cantero de la baranda del balcón, saludó a su aloe vera y se tiró a descansar. Descanso que duro dos días.
Se sentía confundida. Idiota. El insistir del sonido que retumbaba como un timbal en la puerta era su hermano. A pesar de todo se dio cuenta. Nadia comenzó a pegar unos gritos agudos preocupantes mientras se revolvía cubierta de sabanas. Aldo temblaba, se pellizco el antebrazo para ver si tenía que despertar o estaba cómodamente despierto. Despierto estaba, cómodo no. Aldo se sujetaba la cabeza con las manos inyectadas en la sien. Salió corriendo a la sala de estar y puso un vinilo de Chopin. El preferido de su hermana, el que contenía el Vals del minuto. Los gritos verdaderos para nada cesaban y cada vez superaban más el máximo de volumen del tocadiscos. Los vidrios temblaban por tanta energía acumulada en el ambiente. Aldo sentado en el sillón, cada vez más preocupado realizaba plegarias.
Nadia irguió su cuerpo débil. Dejo de gritar por unos instantes. Por su boca cerrada se escapaba de un borde de sus labios una saliva espesa y viscosa. Su pelo revuelto, su vestido blanco enchastrado de tierra y sangre se movía hacia la puerta cancel. Abrió la puerta en busca de su hermano. Se tomó la cintura formando un jarro y agitando su cabeza para todos lados con chirridos muy fuertes. Aldo no se pudo contener y con los ojos cerrados lloró como un niño sin juguete. Nadia se arrodillo en la alfombra naranja riendo alocadamente.
La lastimadura provocada por esa hormiga león había producido un considerable retraso mental en Nadia. Parece un poco exagerado pero no lo es. Aldo perplejo no entendía nada. Con un fuerte dolor en el pecho y con palpitaciones abrió su pequeña boca y dijo: “Te voy a tener que callar”. Provocando una respuesta de alarido atroz y desafiante. Se cree que Nadia no era consciente de lo que estaba ocurriendo.
Los hermanos se trenzaron en una contienda física. La violencia aumentaba. Los gritos de la menor no cesaban y el plan que sé tejía en el interior del mayor era el que todos se imaginan. Aldo logro inmovilizar a su hermana. La llevó a su habitación con signos de locura. La sujeto a la cama como pudo con las sábanas. Nadia gritaba. Eran insultos. Había palabras. Aldo la desnudo. “La verdad no se que te paso, espero que cuando termine vuelva el silencio”, así podríamos decir que se despidió. La violo reiteradas veces.
Comenzaba nuevamente Chopin. El caño del revolver frío apoyado sobre la sien le daba escalofríos. Jaló el gatillo y sus sesos volaron en el jardín de invierno. La sangre brotaba sin pausa. La tierra seca absorbía la sangre amarronada y espesa.
Terminaron los gritos. Por cesárea nacía un nuevo Saguir (con llanto mudo) y Nadia callaba.

4 comentarios:

Currito dijo...

Guau. Es sobrecogedor... Bello y sangriento al mismo tiempo. PArece escrito por Tarantino, o Almodóvar, jeje. Besos.

Pinochet C. dijo...

wow..de verdad sorprende

lei algo para abajo tb hey....publicas?

Alicia dijo...

El talento te esta empezando a desbordar... guardame un poquito para mí!

Lighten Angel dijo...

Un horror. Pero de los lindos.

El silencio y los gritos mudos, la sangre. Una buena conbinación sin dudas.

Saludiños.