domingo, 30 de diciembre de 2007

Natalia, sus pasatiempos.

A quien no le gusta escapar de a ratos de la mismísima realidad. Dar un viaje por algún lugar no muy frecuentado con anterioridad o con buenas recomendaciones. Esta es una tarea casi obligada para ella y cuando puedo para mí también.
Todos somos encerrados por la ciudad (ya usaron la terminología presos) y entonces lograr irnos como un pingüino que rescatado de alguna pradera de la puna o de alguna pirámide con forma de estatua de la liviandad es devuelto a donde más le gusta. Los pantanos.
Natalia se hace. Y. Pasa tiempos muy acogedores en sus pasatiempos. Un destino obligado por ella misma (única persona a quien le hace caso) es el siguiente, ingredientes: cualquiera menos integral (un poco de sol), preferiblemente azul verdoso, para marrón esta el río (una pizca de mar), bien exprimido (una gota de aire), si se puede dos veces tamizado (abundante arena matizada) y algún que otro artefacto bien como una espátula o en su defecto un tenedor blando para decorar con mensaje a piachere del comensal mejor conocido. Alma.
Las cosas en esas zonas no tienen mucho sentido y para ella era el mejor sentido posible de conquistar. Sentarse frente al mar, ver las olas que jamás se repetirán, aunque el ojo parece siempre engañado como la primera sensación. Jugar a interpretar el mensaje del viento desleal y llegar hasta la noche para lograr adivinar a donde nacerá la primera estrella.
Es lógico y casi imposible despistar el recuerdo vago de la niñez. De los castillos con papá y los helados derretidos, un desperdicio. De las sacudidas de mamá para quitar la arena del cuerpo, parecía más interesada por la malla y la ceremonia del protector solar, nunca se quedaba quieta para ser bien esparcido. Del primer cigarrillo miedoso detrás del médano cómplice. De cuando la maldad se hizo presente en el hermano y la dejo enterrada por minutos que parecían inagotables. Ese fue precisamente el inicio de una fobia pasajera que creía su génesis en el entierro aunque con años de terapia llegaron a la conclusión (yo me perdí en el camino) que era claustrofobia anacrónica.
Yo con el tiempo y logrando terminar el camino comprendí que también surgía allí la incomprensible y asidua desaparición.
Empeñada y cabeza dura como pocas en la faz de la tierra Natalia se empecina en pasatiempos con algo parecido a la soledad. A Natalia se le esta pasando el tiempo como a todos los que queremos pasar y compartir con ella el nuestro. A Natalia se le pasa el tiempo como a todos nosotros, los ingobernables. Se pasa el tiempo. Natalia pasa tiempo. Natalia pasa. Natalia tiempo. Pasatiempos... pasa.... tiempo.

7 comentarios:

Alicia dijo...

me sentí reflejada en texto, el amor hacia el mar, la preocupación por el paso del tiempo... Igual mi mayor miedo no es el paso del tiempo en sí, sino como el tiempo pasa a través de mí.

bajo.* dijo...

hice lo q pude..... vos me diras que onda....

Currito dijo...

La soledad es el mejor amigo en muchas ocasiones, especialmente para pasar el tiempo. No hay mejor amiga: te acompaña cuando nadie lo hace y, a pesar de ser maltratada, vuelve después. Un beso.

bajo.* dijo...

el tema es cuando el tiempo se nos pasa
sin que nos demos cuenta
no?
ahi lo jodido

"He aquí lo difícil: caminar por las calles y señalar el cielo o la tierra"





b

Clara. dijo...

Che, loco ¿que todos los hermanos son así de sádicos? el mío me dejó más de un minuto mientras parado arriba, saltaba.
Y que onda los médanos? Creía que sólo a mí me escondían en la primer pitada... Cuánta decepción acoge mi alma...
P/D: lo de que mi hermano es sádico es absolutamente cierto... tengo más historias para reír y descreer...

BromoLuz dijo...

No reclame tanto, que siempre estoy presente.

Flor dijo...

Creo que el paso del tiempo no tiene que ver con el tiempo cronologico en si... si no en que hacemos con ese tiempo cuando pasa...
tambien podemos retroceder en el tiempo una y otra dejarlo quieto..aveces es posible despitarlo como hace Natalia...