martes, 17 de mayo de 2011

Natalia, sus corpiños

Que bien que baila. Esa música Forró. Che, no es un chiste, ni un insulto, ni una vulgaridad poco preservada, es una danza brasilera. Levanta hasta los vivos que se están muriendo, con esa alegría que se respira en Brasilia y en su mundo privado de privacidad.

Natalia baila bien, cuando se anima a bailar bien. Cuando su alma se desprende del cuerpo tenso y así, relajada, lenta, prohibida, aflora la pasión por la música y la ductilidad para mover los pies tan veloz que uno piensa o que no los posee o que se quebrará. Que se pierden en el sueño que va perdiendo luz. Que las rodillas no dividen sino que juntan. Su espontaneidad la hacen asemejarse a un cuerpo laxo y arropado en una melancolía de milonga que siempre le da un toque de distinción requerida en vano pero lamento informar que la señorita Natalia no da clases particulares ni tiene intención alguna de hacer fácil el trabajo interior de quien quiera bailar.

Si la observan con atención Natalia presiona fuerte los dientes (postura similar a cuando se intenta abrir un sobrecito de mostaza) y su cabello baila al compás (sí está lacio o lo quemó con una plancha de hierro, el rulo siempre hace jugar malas pasadas a las jóvenes). Su vestido se levanta como una flor vencida por la gravedad grave de un instrumento que desentona pero bien. Y Marilyn refunfunea por plagio pero al final sonríe como mera costumbre. Arriba es la única diva de veras.

Las palmas chocan en un golpe seco y repetido por la inercia del espectáculo que no ha sido ensayado con solvencia. Pero nadie lo nota. Los tobillos quedan rojos, las uñas de los pies se aflojan, pierden o dejan esa postura contraída por la inteligente decisión de preservación (siempre hay un piringuindin que te pisa los garfios y ahí aléjate de Natalia porque te aplaudirá la cara).

La noche de anoche fue un día más. Amanecía en un baño con espuma. Antes de mecerse en la tina infinita de finales lastimosos: se detenía. Reía apenas con su boquita color carmín y restos de desamor acumulados en la comisura. Se quitaba el collar de perlas, las pestañas postizas, el tampón y claro la cabeza. No literalmente sino como una maldición teatral. Al principio entre miedos y valentías... y cansancio por la contradicción antecesora... llegaba lo peor, pero lo nuevo se vuelve viejo en un cerrar de ojos provocado por el agua pasada de una tina sucia y revuelta.

Ella soñaba que estaba en el escenario siempre, que la gente se ponía de pie cuando le caía esa lagrima de amor y a la salida del baño incesantes fotógrafos que se sonrojaban porque claro... aparecía la diva. La terrenal. La que quemaba rencores con besos fogosos. La de la piel chamuscada de dedos esponjosos de humedad. La que no quería competir y compartir chismes. La loca linda a la que los analistas le huyen. Y ahora aplausos, más aplausos (por favor), seguían bien los aplausos desincronizados ya en el final. Las luces que ciegan un lascivo recuerdo venerado en un campo que no concentra huesos frágiles y mal olientes. Y ella que salía ahora vestida así nomás por un nuevo corpiño. Se lo olvidó cuando soñaba y el agua lo hizo agua.

1 comentario:

Alicia dijo...

Divino, me encantó. Es cierto lo de los rulos, y que lo nuevo se vuelve viejo en un segundo. Hermoso.