martes, 4 de septiembre de 2012
La misma esencia
viernes, 4 de noviembre de 2011
Fragmentos
Abandonó la esperanza con una rabia suicida, con respeto amplio y frío de pares. Y aquí hay una especie de felicidad. Incluso nadie puede negar la facilidad y precisión con la que logra sobrevivir a complejas mentiras y a la austeridad lasciva que coincide, muchas veces, con la admiración anónima e imprudente. Es entonces cuando la ambición nace implacable en una inteligencia bruta. Caigo al suelo, mis manos petrificadas y llenas de interrogantes sencillos y dolor (no debería adular, en exceso) que corazón merecía. Se formulará un adiós hipócrita (ausencia del ser supremo) como saludo de llegada y sospecho implícitamente que la enfermedad (farsa) será un imprevisto desconsuelo rebajado por un conjunto de desesperanzas difíciles. Hay por estos pagos un rito del prólogo con forma de escalera caracol que retuerce entrañas crudas. Confieso: escondido y cauteloso que el aroma a humedad cuando me dabas amor se necesita. Ahora bajo luz de luciérnagas derramas sangre en silencio, pisando insectos al son de un llanto desmemoriado. La brisa ayudará a trepar al sol la pendiente. Tendré que verlo (sorprende mi bravura). Debo soñar todas las madrugadas.
Muestra una resolución indudable que se vuelve ajena, invadido de sentimientos que no podré expresar por simple vergüenza y miedo. Tiempo. Es tiempo poco claro entre preguntas y respuestas (infinito binomio). Veo una opacidad, gris, en mí ser pero no me asusta. Si no creyera en mí. Lentamente a gran velocidad mis pensamientos llenos de pecados, de acciones lamentables por ser tibias, de hediondos juicios sin fe. Indiferente llamado de verdad. Espero el almuerzo sazonado de desconsuelo. La trampa está abierta, tan simple como eso, como un mándala sin color. Como una palabra que se clava en la yugular y la reflexión, un desatino a contratiempo que pide a gritos tartamudos un castigo sin pasión. ¿Matar al prójimo y su mujer fiel? Tonteras que revela un cerebro confuso y tenso. En el fondo, siempre, en el fondo, las almas desconocidas. Creo que adoramos el dolor y las circunstancias que no se entienden. Habrá que darse cuenta que lo mejor es no darse cuenta. Y la falta ansiosa de improvisar destino. Respetar lo misterioso del solemne. Divertirnos (éramos dos caballeros).
Contemplaba caras juveniles y me cegó la lluvia (interrupción afable, amistosa, descuidada y caprichosa). Sonrió apenas con los ojos que se abren y nos ven. Supimos fingir y por ende nos respetamos. Más luego nos salvaría un rico: te quiero. Solamente precioso. En resumen aceptamos la mentira y nos amparamos en el silencio que no se nota, introduciendo tarde verdad. El te quiero críptico y sutil. Inmensa sabiduría de muerte que marcha en cielo abierto. Hablaremos después de ausencia y semejantes. Admito la sonrisa dolorosa. No asusta ni te asustes. Nadie sabe quien sos. Ciento de veces pensé la forma, al rato vino otro sueño, atrapado en si mismo y a su vez vulnerable en lo profundo. Cuelgo las ropas blancas nacionalistas. Cuando el niño era niño: envejecida costumbre que une el mito de la humanidad. ¿Rendirse a la calidad de ángel? Momento de salir lúcido al camino en busca de alguien. Ocaso y plenitud de la luz. Somos así de inverosímiles. Catarsis, catarsis en el distanciamiento. Hagan que florezca otra necesidad de aprender a ser imbécil: más maduro y más sensible. Quizás oscuro recuerdo teñido de un hondo sentimiento de culpa por lo que pudo haber pasado.
jueves, 13 de octubre de 2011
Desvarios de un pre-adolescente

viernes, 27 de mayo de 2011
Actuar para vivir
El conejo Saldívar ingresaba al juzgado con la cabeza gacha. Incluso sus orejas. Lo sentaban al lado de su defensor. Nunca alzaba su mirada cuando lo nombraban. Pasaban numerosos testigos del hecho. Todos exponían con solvente oratoria. El conejo Saldívar se mantenía lo más quieto posible. El fallo fue categórico. Los tres jueces no dieron muchas vueltas. Quinientos años de cárcel por comer la zanahoria. El director pegó un grito seco y cortante. Los actores aplaudieron a rabiar. Los asistentes se olvidaron de quitarle las esposas al conejo Saldívar, quien dejo la actuación y se dedicó a criar conejos.
martes, 17 de mayo de 2011
Natalia, sus corpiños
Que bien que baila. Esa música Forró. Che, no es un chiste, ni un insulto, ni una vulgaridad poco preservada, es una danza brasilera. Levanta hasta los vivos que se están muriendo, con esa alegría que se respira en Brasilia y en su mundo privado de privacidad.
Natalia baila bien, cuando se anima a bailar bien. Cuando su alma se desprende del cuerpo tenso y así, relajada, lenta, prohibida, aflora la pasión por la música y la ductilidad para mover los pies tan veloz que uno piensa o que no los posee o que se quebrará. Que se pierden en el sueño que va perdiendo luz. Que las rodillas no dividen sino que juntan. Su espontaneidad la hacen asemejarse a un cuerpo laxo y arropado en una melancolía de milonga que siempre le da un toque de distinción requerida en vano pero lamento informar que la señorita Natalia no da clases particulares ni tiene intención alguna de hacer fácil el trabajo interior de quien quiera bailar.
Si la observan con atención Natalia presiona fuerte los dientes (postura similar a cuando se intenta abrir un sobrecito de mostaza) y su cabello baila al compás (sí está lacio o lo quemó con una plancha de hierro, el rulo siempre hace jugar malas pasadas a las jóvenes). Su vestido se levanta como una flor vencida por la gravedad grave de un instrumento que desentona pero bien. Y Marilyn refunfunea por plagio pero al final sonríe como mera costumbre. Arriba es la única diva de veras.
Las palmas chocan en un golpe seco y repetido por la inercia del espectáculo que no ha sido ensayado con solvencia. Pero nadie lo nota. Los tobillos quedan rojos, las uñas de los pies se aflojan, pierden o dejan esa postura contraída por la inteligente decisión de preservación (siempre hay un piringuindin que te pisa los garfios y ahí aléjate de Natalia porque te aplaudirá la cara).
La noche de anoche fue un día más. Amanecía en un baño con espuma. Antes de mecerse en la tina infinita de finales lastimosos: se detenía. Reía apenas con su boquita color carmín y restos de desamor acumulados en la comisura. Se quitaba el collar de perlas, las pestañas postizas, el tampón y claro la cabeza. No literalmente sino como una maldición teatral. Al principio entre miedos y valentías... y cansancio por la contradicción antecesora... llegaba lo peor, pero lo nuevo se vuelve viejo en un cerrar de ojos provocado por el agua pasada de una tina sucia y revuelta.
Ella soñaba que estaba en el escenario siempre, que la gente se ponía de pie cuando le caía esa lagrima de amor y a la salida del baño incesantes fotógrafos que se sonrojaban porque claro... aparecía la diva. La terrenal. La que quemaba rencores con besos fogosos. La de la piel chamuscada de dedos esponjosos de humedad. La que no quería competir y compartir chismes. La loca linda a la que los analistas le huyen. Y ahora aplausos, más aplausos (por favor), seguían bien los aplausos desincronizados ya en el final. Las luces que ciegan un lascivo recuerdo venerado en un campo que no concentra huesos frágiles y mal olientes. Y ella que salía ahora vestida así nomás por un nuevo corpiño. Se lo olvidó cuando soñaba y el agua lo hizo agua.
martes, 22 de marzo de 2011
Gran angular y fondo de ojo







