martes, 14 de agosto de 2007

La mujer que odió a las Nereidas.

Estaba de pie con el calor de la mañana, descalza entre el pastizal húmedo de rocío y en sensación de estar en nada, mirando la pradera ya florecida en los comienzos de la primavera. Su cabello oscuro como petróleo jugaba con la brisa y se perfumaba del mismo. Sus pies planos estaban un poco lastimados luego de la superación de un verano e invierno atípico. El otoño lo dejaron afuera porque había sido típico.
Su vestido largo hasta un poco más allá de las rodillas desentonaba apenas con el cielo teñido de la luz primaveral. Aburrida en la espera de su amado se tiró de una sutil colina donde descansaban jazmines y comenzó a rodar para quitarse el extracto del perfume del dolor que llevaba hacía rato. No sabía mientras jugaba si detenerse o llorar. Cuando se detuvo porque no había más colina, lloró. Luego se sentó en una altura justa para ver si llegaba su amor en la lejanía. Para pasar el rato, que se terminaría por convertir en día, armó una corona de jazmines que con su pelo resaltarían indudablemente. Le dolía, pero con una tijera corto flor por flor.
Panegyotis no llegaba aún y su amada la Venus de Cnido se impacientaba en lo largo de la espera. El sol que se notaba ya un poco cansado, comenzó sigilosamente a retirarse para ir a dormir. Tímidamente se iba desperezando entre los bostezos la luna.
Mientras ella inquietante de tanto llorar de tanto jazmín y de tanto esperar vacío, él (me refiero a Panegyotis) estaba en la taberna con las mujeres más hermosas del mundo, es decir las Nereidas. Las tan amadas Nereidas que, a diferencia a las mujeres de hoy en día, eran respetadas. Respetadas simplemente por algo más inteligente que el miedo a las mismas. Estas perfectas te seducen, te engatusan y te enmudecen para siempre. Las Nereidas son damas inocentes pero a su vez almas malvadas. Como la mismísima naturaleza que nos cobija y también nos mata por la espalda con un simple susurro.
Panegyotis entones se deslumbraba y poseía el amor de las más hermosas Nereidas, la envidia no sana de los hombres y el deseo de amor real de una mujer, la Venus de Cnido.
Entre la bruma nocturna de la llegada de la luna apareció por fin el tal Panegyotis, un poco desmejorado, eso sí. Como si hubiera dado un paseo por la muerte. Tenía una tonalidad amarilla oriental en todo su perímetro desnudo (llevaba algo de ropa). Su sonrisa se esforzaba para parecerse a la de siempre, no lo lograba. Venus de Cnido atolondrada derramó otro llanto, ésta vez feliz y tropezó por intentar ir lo más rápido hacía Panegyotis. Los pies planos muy cansados sangraba por el esfuerzo. Con una fuerza que no poseían ya sus pies le dijo: “Amor mío, al fin has llegado hasta mí. Yo no creía lo que me decían sobre tú y las Nereidas. Tu amor es mi locura. Te amo amor mío”.
Tantas palabras de amor fueron contestadas con lo peor que le pueden hacer a una mujer enamorada, silencio. Ella intentó no oír el silencio y se consterno en observarlo. La primera impresión no fue nada buena. La tercera ni se la imaginan. Además de que Panegyotis estaba muy mal físicamente, no emitía luego de la observación sonido alguno. Venus de Cnido temía lo peor. Sin embargo todavía tenía la esperanza de que lo que se imaginaba no era cierto. Pensó en timidez. ¿Y lo que decían los demás sobre el engaño de su amado? Pensó en no pensar.
Lo tomó de los hombros con poca carne en ellos y le preguntó si había sido interceptado por las muchachas de bello vello dorado. Él sin emitir una respuesta clara para pasar de la incertidumbre a la certidumbre esbozó con esfuerzo lo siguiente: Las Nereidas… Las señoras… Nereidas… Hermosas… Es estupendo… Rubias… Todo el cabello rubio…
La certidumbre la desplomó como un disparar en la sien a secas y sin aviso. La Venus de Cnido parecía derretirse a pesar de la puesta del sol. Arrodillada no paraba de llorar. Él también lo hacía. Su vestido se embarró y ahora sí combinaba con el cielo. Ella estaba enajenada. Él estaba callado, era su nuevo idioma. Para evitar el mal momento (era imposible) él movía sus manos como si peinaran el pelo de su amada. Pero sólo tocaba la corona de jazmines, como para despejar dudas. Esa flor es la que representa a las Nereidas y se dice que cuando enamoran a un hombre le marcan el lugar del encuentro con dicha flor.
Percatándose de tales hechos e imaginándose a su estúpido amor con las Nereidas enloqueció totalmente. Se levanto sucia por el barro. Tiró con pasión la corona de flores y la pisó con las violetas de su sangre. Lo besó con asco y le dijo que se prepare para ahora si instalarse en la muerte y no viajar de paso (parecía haber leído lo anterior). Sus manos blancas y filosas desbastaron lo poco que le quedaba a Panegyotis. Comenzó por los ojos clavando sus índices y así en un abrir y cerrar de ojos quedo ciego. Luego, no conforme aún, tomó la tijera podadora y la corto. No sean mal pensados, la lengua cortó. Y ahí se detuvo con su famosa risa maliciosa.
Panegyotis sólo lloraba sangre espesa, por ser la primera vez. La hermosa Venus de Cnido se acercó para que lo oyera y le dijo: “Me voy para siempre. Ahora es más desde que sientas el olor a jazmín me recordaras en lo que te queda en la vida. Ya esta bien así, no ves lo que paso, pensé que jamás iba a pasar. Lamentablemente nadie detiene el amor en un lugar. Solo recuerdo tu voz: “Las Nereidas… Las señoras… Nereidas… Hermosas… Es estupendo… Rubias… Todo el cabello rubio… Sólo quedamos tú y yo en la inmensidad. No podré vivir sin ti, lo se, quebrada en mi soledad”. Se fue sin rumbo.
Sobre la nueva madrugada Panegyotis se acostó en la infinita calma. La mañana disipo las aguas, cuando despertó no dijo nada. Solo lloró alguna gota de sangre porque el viento traía consigo aroma de jazmines.
Triste la Venus de Cnido decidió darle fin a todo y fue en busca de Praxitiles, el escultor de moda en la antigua Grecia. Cuando lo encontró le pidió una escultura con su figura. Éste aceptó debido a su peculiar belleza, me refiero a la Venus. Pero le dijo que si él creaba su escultura ella moriría luego. Así entonces aceptó sin dudarlo. Antes se rasuró su cúspide endrina con una navaja que ¡Oh casualidad!, estaba ahí. Se mecía en un asiento de barbero como si estuviera en un barco a la deriva. Mirando el cabello negro del suelo repetía sin cesar: Rubias… Solo rubias… Todo el cabello rubio… Rubias…
Completamente calva se tiró a nadar por el mármol líquido y oscuro. Fue así entonces como murió la Venus de Cnido y su figura fue retratada por Praxitiles en la piedra oscura, sin cabello y con una corona de jazmines.
En su epitafio tallado a cincel decía: “El mal no es el que entra en la boca del hombre. El mal es el que no sale de ella. Cuando estés mal visita a tu peluquero amigo”.

domingo, 5 de agosto de 2007

Natalia, sus julepes.

Si sueno machista, es problema de quien me lee. Las mujeres por lo general se asustan de casi todo, y por ende gritan. Si sueno feminista, es para quedar bien con las mujeres que me están leyendo. Los hombres por lo general se asustan cuando gritan fuerte y sacan una criatura de su vientre. Más porque no habían tenido un contacto de tono intimista y no interpretan que fueron vulgarmente burros.
Natalia es una mujer de armas dejar. Es decir, Natalia no sale a la calle, pide un café en un bar, agradece al mozo, espera que se aleje un poco, cruje sus dientes y aplaude dos veces para llamar la atención del mozo que se aleja con la bandeja como con una rueda de auxilio. Éste se acerca sonrojado pensando algo pornográfico y ésta le pide que traiga otro café porque esta frío. Jamás haría eso. Y no porque no deba, si te traen un café frío no lo aceptes. Es como aceptar una tortilla española con pedazos de estropajo o sopa condimentada con jabón en polvo.
Natalia no hace su reclamo justo por temor a que el mozo piense mal de ella. Así se queda sin tomar su coffe… sus malditos pudores. Cuando anden por bares y vean en las mesas pocillos de agua marrón sin movimiento y sin huellas de labios que hayan besado el borde de contención, fue por miedo a ser mal atendido en otra oportunidad o temor a que el nuevo café, (va a venir más caliente que lo convencional), tenga una sustancia insípida que traerá retorcijones fuleros.
Natalia tiene una pequeña libreta de color rosado, lo único que tiene rosado. El color que detesta. En la libreta, además de anotar fechas de cumpleaños y teléfonos que no le interesan, transcribe pesadillas. Una ayuda memoria que ahora llaman fósfo o vita. Dejando de lado las bromas pesadas de su amigo el obeso, como por ejemplo ranas de plástico en dormir de bolsas y más frecuentemente interrumpía la electricidad haciendo saltar los tapones para dejarla turbia. Hay un par de páginas impares. Realmente destacadas por sobre las demás, un poco obvio. La letra se muestra más grande que el resto y además se encuentran como remarcadas en sus trazos varias veces, más obvio.
Allí hay un solo fin que se puede sacar a grandes rasgos, miedo a la vejez.
En la pesadilla que se puede leer decía… Yo de niña salía con pequeños brincos de mi habitación para ir a jugar a la plaza con las nenas a la manzana en la hora de la siesta. Con mi elástico en las manos esperaba sentada en el descanso de mármol de la puerta de casa. El sol era agobiante en el verano argentino. La brisa de entonces parecía que venía de la ventana del infierno, la tierra que revoloteaba se pegaba a los poros de mi piel y me producía fiebre. Yo sedienta de algo fresco, entré por el camino anterior para tomar un vaso con líquido. Al volver de la cocina a la puerta, precisamente en el zaguán encontré una carta. Brillaba en el cemento dejándome ciega por instantes. “Es una mala pero que linda costumbre robar correspondencia, aunque no la robe, si el cartero no sabe leer la numeración no es mi problema”, se dijo divertido su cerebro sin exteriorizarlo. La casualidad había generado que no estuviera presente en el momento que el cartero dejara la carta. Me senté en el mármol de espera, que para mi fría alegría, parecía congelado. No pudiendo fingir su ingenuidad, miró el celeste pastel de arriba y agradeció no haber estado un ratito atrás apretujando el sobre con dedos emocionados entre su falda. Mis manos menos emocionadas se estiraron para agarrar el elástico que había quedado en mi sombra. Mi paso siguiente fue leer lo escrito. Mientras ella lee, yo les cuento que la carta estaba dirigida por una amiga de Natalia a otra amiga de la anterior nombrada. Una de ellas era la que iría a jugar a la plaza, la otra no podía salir por su baja presión por altura desmesurada. Sus aceitunas en la lectura se hicieron carozos de durazno con pupila con forma de interrogación.
La carta se titulaba: “Las pesadillas de nuestra amiga Natalia me tienen totalmente saturada porque no le encontré todavía un sentido a sus dichos y realmente exaspera que me las comente y sólo me habla de eso y no se su primo que me fascina, para mí que me tiene celos y no me quiere hacer gancho, ya me voy a vengar, ¿Vos me ayudas? Espero tu respuesta”. La emisora no había asistido a la clase de títulos cortos para cartas envenenadas de malos dichos. Una pena.
Mi psiquiatra recibido, (el no recibido es mi espejo, oyente de penas), me dio una clase del tema y su explicación fue contundente y reveladora. Para él las pesadillas son preocupaciones intensas y continuas. Es decir, los sueños son sueños y por eso aparecen desordenados y uno lo interpreta como quiere o conviene. La pesadilla es la pesadilla. Y ésta la sabes de principio a fin. No le agregas nada, no le sacas nada, solo pesa. Allí ella, Natalia, se veía vieja, sola, aburrida de vivir por no tener motivos. No se si les pasa pero uno siempre exagera, inventa o deforma la versión que soñó en un sueño y no el de una pesadilla.
Luego me veía desde la última fila del cine en la pantalla. Mi nacimiento, mi cuerpo violeta, el beso de papá en la frente de mi mami cuando me alzó la enfermera, un pedacito de mi cordón umbilical tirado al tacho, mi primer pesaje, mi primer llanto, mi primer diente, mi primer estornudo, la primera vez que use la pelela, mi bautismo, mis primeras Navidades, mi primer helado. Todo lo que no recordaba de mi infancia. Y así de un salto fugaz me vi egresar del secundario con el pelo espolvoreado de harina y chorreado de mostaza. Y pausa. Cambio de capitulo. Pantalla en negro. La imagen que apareció me dejo atónita. Yo estaba dentro del cuerpo de mi amiga que no me quería y que le mandaba cartas a mi otra amiga que me quería un poco. Desde el cuerpo ajeno apreciaba sin aprecio el entierro de Natalia, su entierro. Mejor dicho de su cuerpo, el alma es la persona. Me di cuenta que la vejez es la consagración del espíritu. Superándolo volví a mi y festejando mi cumpleaños, volviendo a la vida en la pesadilla y manteniéndola en un plano te tinte metafísico. Fue una terrible tragedia dentro de la victoria.
El despertador limpió la cera de su tímpano crepitando el descanso. Como un ovni voló hasta la flor que ríe con agua tibia de lluvia purificadora, todo para ir aceptable a su trabajo. Secándose el pelo y cepillando el alma, achinaba sus ojos pensando en la pesadilla. Sonrió tranquila, estaba nublado en el otoño.
Natalia vive hoy en día corriendo a su niñez, caminando serena su presente con algún buen tropezón y esquivando con un salto sin paracaídas a la muerte de la vejez en soledad.

viernes, 13 de julio de 2007

Natalia, sus colores.

Natalia tiene la gracia de no ser daltónica, sí sufre de miopía muy frecuente en los jóvenes aunque en realidad es hereditario. Sus padres son una pareja de miopes y para no perder la costumbre Natalia no se quiso quedar afuera sin verlo. Es por eso que debe y tiene que usar lentes para focalizar y descansar la vista a la hora de leer esto y escribir hasta la lista del supermercado.
A pesar de que parezca pesado usar los divergentes par ala lista de futuros alimentos adquiridos de forma honesta, esta cabeza dura que se está día a día pudriendo o humedeciendo con musgos ingleses, va con la lista un poco deforme por la visión sucia y así compra sin haber usado sus lentes. Llega a su casa y no malamente es catalogada por los otros miopes (aunque uno de ellos también con hipermetropía sin enterarse aún) con caras que le dicen, mala compradora.
No paso a contarles lo que compra porque no es mi intención escribir mal de la muchacha. Pero como mínimo ejemplo para que ustedes vean quiso comprar una vez, no muy lejana, un paquete de yerba sin palo y trajo pañales talle extra large, también sin palo. Gracias a jeús no tiene la fortuna o locura de hacerlo compulsivamente como ricachonas de casas aledañas sino no podrían deleitarse con ricos y dulcemente amargos pañales los cabecitas negras. Modestia apartándose se jacta de ser una gran cebadora… de mates de tiro largo, tan largo que compra extra large. Si la ven por Corrientes (avenida) o Bánfield (avineda) no le pille el matecito.
Otro grave problema o aptitud no muy apta es su inconveniente con los colores. ¿Qué le sucede con los colores? Tantas, tantisimas cosas. El caso más negativo para ver es que detesta algunos colores o no sabe combinarlos. Una vez con rabia de doga argentina sin pedigrí me dijo que para nada le agrada el color rosa, rosita, rosadito o rosa mosqueta. Encima en su familia la miope mayor, podríamos llamarla así por sus lentes de fondo de damajuana, se llama Tía Rosa, Rosita o con atino de bronca de su sobrina es nombrada a escondidas como Mosqueta, la tía ciega, chueca, pet… pel… per... versa esa era la tía vieja. En mi caso ya no me gusta mucho el celeste, celestito, celeste bandera o celeste mosquito. Esto no tiene un sentido claro, tal ves hayamos madurado (se forma una media luna en la boca que mira el cielo pero de sabor irónica), menos mal que está negro y no celeste o rosa.
Los colores tienen obviamente vida propia. Aunque nosotros juguemos con ellos a piachere propio de cada uno, ellos se pueden vengar y así ganar la publicada lucha metafísica. Los colores tiene vida y al tenerla tienen todo lo que nosotros tenemos en la nuestra. Es decir se aman, se pelean, se idealizan, se confiesan y nos sufren. Los artistas plásticos de contextura cartilaginosa y piel tibia tienen el poder y la sabiduría de manejar a los colores o mejor dicho de dejarse guiar sobre el lienzo.
Natalia no los sabe manejar y ella no entiende de ni siquiera los murmullos secretos de los susodichos. Es un grave inconveniente no saberlos combinar. Los colores tienen algo que nosotros… Sí, su inteligencia es tan superior a nosotros que siempre ellos eligen a sus enemigos o a los que no quieren tener muy cerca. Nosotros cosechamos enemistades lamentablemente sin casting previo. Tendríamos que instruirnos en la materia o sacar números en Enemy S.A.
Un día invitó a que la acompañen a tomar unos amargos y platicar de sus idiosincrasias a Blanca y Negro, una pareja de ya muchos años, que le contaron como actuar con sus familiares y/o conocidos. Blanca con su voz ronca le recomendó no tener en cuenta a algunos como por ejemplo el gris plomo o amarillo mufa para los artistas. Luego con la boca llena de pepas, dijo la verdad que estaba esperando. La sorprendió diciéndole que tiene que hacer algo muy importante para ver si la elección fue clara (referida a la mezcla de colores).
Primero vestirse con la combinación que le parezca más apropiada. Segundo pararse enfrente del espejo y animarse a ver lo que reflejaba. Tercero si sigue convencida tiene que pegar brincos con zapatos con suela de resortes. Si los colores se amalgaman bellamente es correcta la combinación. Si no se unifican naturalmente y se oye algún grito de alguno, que se olvide de lo que tiene puesto y se cambie la prenda que no se quiere mixturar y formar así el deseado efecto óptico.
Negrito como lo llamaban los amigos, no dijo muchas cosas relevantes. Solo agradeció los mates y se levanto de la silla, acarició el mantel con mano de obrero y se quedo en blanco. Solo pensaba en tomar su vaso de leche con canela y ver películas de guerra en el crepúsculo vespertino con el pijama. Para despedirse le dijo cariñosamente a blanca, negrita vamo pa casa. Blanca suspiró aplaudió tres veces la mano de Natalia que estaba al lado de la pava para calentar la mano y le sonrió asintiendo la partida.
Para despedirme y ser cortés, dijo el Negro, comento que el Dios de los colores, es decir el T-r-a-n-s-p-a-r-e-n-t-e, a sotto voce le sopló que en esta temporada invernal el color elegido como empleado del mes será el “Marrón”.

Natalia, sus cantos.

Esto en primera instancia puede llegar a tener un doble sentido, pero no es este el fin de las próximas líneas con letras. Natalia tiene como una de sus disciplinas predilectas entonar canciones o melodías sordas, mejor dicho ciegas. Su imaginación genera en ella hermosas composiciones improvisadas pero para no callar el encanto de ese momento se olvida por su frágil memoria lo cantado y el mundo se lo pierde. Lamentablemente se lo pierde.
Yo me pregunto ¿Porqué no perderemos escuchar las sirenas excesivas que apuran el tránsito, despiertan las bocinas de los demás automóviles y generan un tapar las orejas con bronca o los chillidos del subterráneo en las curvas muy curvadas o los truenos estrepitosos que hacen que la habitación con luz tenue se tiña de terror o los gritos en la madrugada del linyera del barrio al tener pesadillas o llantos en los colectivos de nenes malcriados e incansables o petardos explosivos en la tarde siguiente a la Navidad? En otro momento hablaremos de esto, quizás los escuchen y se acuerden de mí.
Natalia no canta por cantar no más. Canta por lo que se debería hacer en todas las ocasiones. Desahogar penas, ahogar personas. Hacer enamorar a la razón y la pasión. O alguna otra idea que ella no me ha balbuceado todavía. Natalia antes de cantar sus sonatas o inventarle melodías a mis poemas hace su ejercitación para despertar a las cuerdas vocales que deben dejar de bostezar para así cantar o en mi caso intentarlo.

Como dije antes canturrea para sacar a la luz (nunca canta a oscuras) sus sentimientos, sus momentos o sus… aquí nos pusimos a bucear y las burbujas que salían de su boca se rompieron pero calladas y no nado así el mensaje.
Hay siete formas claras, conocidas y estudiadas de entonar y hacer los ejercicios pertinentes. Pueden ser en Do, Re, Mi, Fa, Sol, La y Si (decir esto ya suena distinto a todo lo demás, si lo piensan lo acaban de cantar), también se puede hacer como lo leyeron algunos o cantaron los otros, pero empezando del Si nunca del no. Lo que no esta permitido ni por Chopin, Gancé, Debussy o algún entendido es variar o intercalar y así no hacer como se debe el ciclo de Do a Si o de Si a Do. A mí me gusta romper las reglas pero de madera o plástico verde, no de música.
Natalia no lo sabe y es por eso que lo escribo, cuando entona sus ejercicios manda mensajes invisibles a las musas (en invierno) y moscas y gorriones (en verano) que bailan con los sonidos a flor de aire, a veces los gorriones acompañan silbando.
Cuando entona el Do esta claramente cantando a las flores del dolor. Cuando entona el Re esta claramente cantando a las flores del rencor. Cuando entona el Mi esta claramente cantando a las flores del milagro. Cuando entona el Fa esta claramente cantando a las flores del fastidio. Cuando entona el Sol esta claramente cantando a las flores de la soledad y los días nublados a la simple clave de sol. Cuando entona el La esta claramente cantando a las flores del lamento. Cuando entona el Si esta claramente cantando a las flores del silencio. Shhh… Si la última flor permite que me oiga le digo por cierto que sus cantos son lindos.

jueves, 5 de julio de 2007

La poetisa.

Intentaba ignorarte a toda costa. Recurrentemente en mis sueños aparecías. Danzabas vivamente entre corales ocres luminosos y húmedos pozos. Vestías con falda de algas e inquietantes rosales. Tu cuerpo seguía languideciendo como un trébol sin mascarilla. Tu razón era esquiva porque cuando me ibas a susurrar la verdad me despertaba. Te aburriste de tu soledad y me viniste a capturar. Me queres llevar. Me queres contar. Me queres ahogar. Me queres irremediablemente. Alfonsina dejame estar un poco más, no me busques. Yo solo iré para allá cuando el dulce daño concluya.

¿Malhumorado yo?

Lamentablemente lo reconozco soy malhumorado. Es algo que a veces es justificado otras veces también pero sin un motivo tan claro. Por pequeñeces, malas actitudes o ganas de decir acá estoy, me brota este sentimiento o actitud que todos llevan consigo. Aunque ahora frunzas las cejas y formes las arrugas de la frente y se te achinen los ojos queriendo negar que sos en ocasiones malhumorado.
Es una situación que genera un alerta especial en mi y creo que en todos. Estamos más sensibles a cualquier suspiro exacerbado, cualquier mirada sofocante y ni hablar de cualquier comentario que se elabora con intención de que no se perciba claramente aunque es muy difícil que eso suceda. Se necesita demasiada astucia del elaborador y demasiado desinterés o pocas luces del malhumorado. Sordos abstenerses os gentes con toscanos llenos des ceras en los tímpanos o pabellones auditivos fueras des concursos.
Yo soy malhumorado, porque son malos mis chistes. Pero con mucho humor ya que me río (sin agua y/o alcohol) todo el tiempo de todos.

Son-ata, sin son pero te ata.

Esta es la sonata del amor que no fue,
la utópica realidad del ayer,
la mágica galaxia en donde navegué,
la libertad con que andaban mis pies.


Esta es la melancolía cosechada,
la terrible memoria sofocada,
la apagada bronca de la derrota,
la inconclusa mutación de la evolución.


Esta es la extravagante resignación,
la untuosa reflexión del desamor,
la enfermedad que nunca se cura,
la maldición seca de tu boca húmeda


Esta es la guirnalda del engaño,
la espantosa locura del corazón,
la herida sangrante sin resquemor,
la cándida negación del error.


Esta es la inspirada reacción del dolor,
la intacta mirada de almas engañadas,
la chicharra que nos avisa las malas,
la gracia apoyada con palabras despojadas.


Esta es la vanidad no fundamentada,
la pasión de tu perfume amargo de gata,
la grata vuelta del afecto a la cama,
la grata vuelta del afecto a la mano.


(Todo esta relacionado con el amor que idealiza el autor. Intento ser una cancion, pero sin saber de musica no se puede hacer canciones.)